La cena ocurrió en el 2006, en un semiabandonado castillo de Rohrmoser, ese espacio del país intocable y contradictorio con cada una de sus esquinas cantonales. Un automóvil lujoso salió de la embajada americana, bajó por el bulevar de Rohrmoser y después dobló hacia la derecha. Del automóvil salió un hombre construido, de cabello rubio cliché, con una espalda amplísima (como si adentro llevara un entramado maquinal).
Los movimientos del hombre fueron duros, secos, se podría decir que el hombre solo se movía en ángulos rectos. Al atravesar el portón negro y metálico, se escuchó un crujido en el metal y el portón se acercó levemente al hombre, como si llevara un imán poderoso dentro del pecho. Al llegar a la entrada de la casa una pequeña señora, vestida de servicio, lo hizo pasar al salón principal. Los movimientos de este hombre le recordaron a la mujer a cierta ahijada de los señores de la casa, a Ele Ce, como la llaman cuando está con ellos y no quieren que se dé cuenta que hablan de ella.
Dentro lo esperaba una figura aún más pequeña, tal vez unos 2 o 3 centímetros más pequeño que la sirvienta, según constataron los ojos verdes del hombre, que contaban con un rasgo singular, una delgada franja roja alrededor y una pequeña y alargada marca negra, como la de una firma hecha sobre vidrio.
El pequeño hombre, a quien ahora llamaremos D., se levantó y de alguna forma tiró su tirada piel hasta formar una sonrisa o un esbozo de sonrisa detrás de una mueca de magia negra. A su vez la figura sólida, que llamaremos Charlie, expuso su sonrisa vectorial y constató mentalmente que el primer contacto se había dado a las 19:22.
Pasaron a cenar a eso de las ocho, según fuentes cercanas al lavado de prendas sucias de la pequeña mansión rohmosina. A ambos se le sirvió un corte grueso de carne, el de D. previamente digerido y servido en un plato hondo, y el de Charlie, jugoso y rojo, se mantuvo intacto durante toda la noche hasta que se le fue lanzado al tazón en el que comen las aves negras que viven en las cornisas picudas de la casa. Ni Charlie ni D. comentaron nada sobre las prácticas alimenticias del otro.
Las conversaciones entre ambas partes no fueron transcritas por Charlie, aunque en algún lugar deben de mantenerse todavía almacenadas.
Cuando D. terminó de comer dijo a Charlie que volvieran al salón para continuar la conversación y estar más cómodos. Al llegar al salón, la chimenea había sido prendida y junto al asiento de D. estaba una pequeña pipa color café. Charlie rápidamente sacó un pequeño cigarro y comenzó a fumar, había sido instruido sobre estas prácticas culturales y no debía desentonar. Ofreció su encendedor a D., pero éste le dijo que no era necesario, que él no fumaba, que esto solo lo utilizaba porque le gustaban las burbujas y lo hacía verse más interesante. Charlie no comprendió lo que D. quería decir, hasta que éste se sentó y sopló a través de su pipa. Burbujas celestes volaron a través de la habitación y estallaron contra las rodillas y los hombros de Charlie, siempre respetando la simetría de los 90 grados.
Continuaron las conversaciones, que bien no sabemos de qué trataron ya que las personas de servicio de dicha casa deben presentar ciertas condiciones médicas previas a su contratación, una de estas siendo una leve flaqueza auditiva. Aunque lo que nunca han logrado conseguir son sirvientes con la vista reducida al mismo nivel que el oído, sin que por esta condición se volviesen inútiles para el trabajo. Gracias a esto es que se consiguió la información correspondiente a esta cena tan ilustre entre el rectangular Charlie y el ya demasiado adulto D.
Los movimientos de D. lo hacían parecer una marioneta accionada por una mano envejecida y casi extinta, también su lenta forma de hablar lo hacían parecer mayor de lo que sus registros decían. Las acciones y los datos no eran simétricos, esto era improcedente para el sistema americano de Charlie.
A eso de las diez de la noche, señalan que D. se había quedado dormido en su sillón, Charlie se mantuvo en silencio al ver que D. cabeceaba, a la espera de que éste por fin se durmiera. Una vez conseguido esto se levantó y subió al segundo piso. Los zapatos negros brillantes no solo le daban ese aspecto elegante que se debe llevar para reunirse con D., también permitían desplazarse sin hacer mucho ruido.
Así llegó hasta la última fila de habitaciones del segundo piso, donde sabía que vivía el Dos. Suavemente abrió la gruesa puerta de madera, caoba como identificó el tacto programado de Charlie. Adentro estaba la figura tosca y gruesa del Dos, figura paralela a D. El cuarto estaba lleno de planos rallados, de libros abiertos y de una tiza roja que usaba para pintar en una pizarra blanca ubicada al extremo de la habitación, junto a una especie de trono, sumamente brillante, evidentemente pulido hacía menos de una hora. También había calculadoras por todas partes, digitales y humanas, estas últimas, un par de figuras borrosas se veían al fondo de la habitación. Charlie no estaba encargado de averiguar información sobre el Dos, así que cerró rápidamente la puerta. Charlie había ido hasta su habitación por una poco natural curiosidad, poco natural en los objetos de su tipo.
Continuó hasta la habitación de D., donde debía recoger una muestra de su cabello y tomar un par de fotografías, así daría por concluida su misión en esta casa o mansión o castillo o recinto geriátrico. La luz estaba casi apagada en este extremo del pasillo, así que Charlie, luego de rozarse levemente las cejas, emitió una intensa luz verde de sus ojos, iluminando el pasillo hasta la puerta del cuarto de D.
Abrió la puerta y mantuvo la mirada en el piso hasta haber cruzado la puerta, no quería que su luz alertara a ningún sirviente de que alguien andaba rondando los pasillos del segundo piso. Al levantar la cabeza y dirigir su mirada, haz de luz verde incluido, todo comenzó a ir mal para Charlie. La luz rebotó en un espejo, con molduras y decoraciones de oro, luego en otro, éste con marco de madera, luego en uno más pequeño, con pequeños diamantes que formaban el año de su nacimiento, y luego en otro y otro, aumentando su intensidad, cruzando las paredes amplias y altas del cuarto, hasta caer toda la luz sobre Charlie, cegándolo. El calor en el cuarto lo sujetaba de los tobillos, derritiéndole la cerosa piel hasta mostrar lo que corría por debajo, un cableado negro y verde y rojo y amarillo, como un tejido complicado, una red subcutánea de información y electricidad.
Como pudo, Charlie llegó al baño del primer piso, el único del que conocía su ubicación, para intentar enfriar su cuerpo con un poco de agua fría. Su cableado impermeable resistiría la suave mano del agua, pero para llegar hasta ella debería arrastrarse, caminar hincado como lo haría Ele Ce años después, para llegar al agua bendita que impidiera que su cuerpo terminara de derretirse.
Lo logró, tuvo que rodar al bajar por las escaleras, hizo más ruido del deseado al arrastrar sus duras rodillas por la cerámica del primer piso, pero ahora ya estaba frente al agua y al tubo que la servía en un tazón enorme y plateado con el que Charlie podría evitar que su cuerpo se sobrecalentara hasta estallar (si lo hubiera hecho, tal vez hubiera ayudado más al país, volándose la casa y al Dos y a D. consigo).
Charlie perdió la noción del tiempo y no logró abrir la puerta del baño por más que lo intentó. El saco y la corbata se habían vuelto demasiado pesados para su cuerpo ya que en estos llevaba interconectado el sistema de grabación de audio y video necesario para la recolección de información durante la cena y velada con D. Charlie se mantuvo de espaldas a la puerta, todavía humedeciendo sus brazos en la ducha, cuando la puerta comenzó a abrirse suavemente.
Algún rato después, la cabeza fina y temerosa de la encargada del servicio nocturno en la casa se asomó y vio algo que nunca esperó ver, por más ilustre que fueran los inquilinos de la casa. El Dos sujetaba a Charlie en la tina del baño e ingresaba una serie de cables a la cabeza del hombre, que ya no era hombre, sino un casco metálico con dos pequeños ojos que se movían rápidamente a través de la habitación. D. veía todo desde una esquina del baño, a veces comentaba algo o daba una indicación, pero parecía todo llevar un ritmo relativamente común para los dos. Como si fuera algo recurrente en esa casa, la invasión de criaturas metálicas con agendas internacionales.
Dicen, esto voces externas a la casa, que a la mañana siguiente alguien dejó un bulto metálico adulterado y una bolsa de café calidad Premium frente a la embajada americana, como regalo para el embajador. Esto no lo podemos confirmar, la última información fidedigna que tenemos de la velada es la de la sirvienta que encontró al Dos con Charlie, al entrar a dejar toallas de baño limpias, blancas y con un elegante bordado dorado del nombre Dióscar.
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[La filtración masiva de información por parte de Wikileaks nos permite contar con respaldo a la hora de burlarnos del ex presidente Arias, pero mucho más importante que esto, contamos con las pruebas que demuestran la sistemática labor de espionaje realizada por personal diplomático estadounidense. Es hora de que los latinoamericanos nos replanteemos a quien invitamos a almorzar a nuestro bello jardín.]
Gracias Juan Jo!!!!!
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