Tengo una libreta mágica donde a diario guardo todos los secretos del mundo. Si usted pudiera asomarse, tropezando entre los números de teléfono y las frases sueltas del concierto del viernes, me encuentra.
Y eso no lo entiende la gente.
Es que vea. Perdone, pero yo no soy el indicado para leer esto. Bueno, es que yo no sé nada de poesía, hijo. No, tampoco de cuentos. Viera que a mí no se me daba el español en el cole. No, no, deje así.
Y coño, coño, coño. Que parece que para leer hay que tirarse cuatro años de carrera, arrancarse del pecho lo que se llama humano y moverlo con cuchara doble y condimento alemán. Si lo cocina a 250 °C durantes unos veinte, veintidós minutitos le queda su juicio literario sacado del horno.
Yo leí El Principito con lo que la vida me podía regalar a los once años. Se lo juro, lo agarré. Y mejor que Saint-Exupery, disculpe la arrogancia. Porque es un libro para un niño de once años, como yo.
Si yo escribo, carajo, no es a un académico. Es a ud, don Paco, 57, dos hijos y una buena hipoteca, Silvia, 19, 81-67-74 y un noviecito muy pulpo-so, Carmencita, recepcionista, manicure de 2000 pesos y dos anillos en el anular derecho. Se lo juro es para ustedes.
Y dije, me encuentra, porque lo que sea que escribo soy yo. La cuidadosa o estúpida (porque a veces es la estupidez la palabra maestra) selección de oraciones y comas dice todo. Usted me lee y me sabe. Yo lo leo y lo sé. El que lee, sabe. Conoce.
Usted nunca va a entender esto. Porque usted no entiende eso de la poesía. Sabe qué? Si tira la piedra afuera de la Rayuela también puede jugar. Y métale un manazo en la cara al que le diga que no.
Pero si sigo con esto se me muere el tema. Igual van a leer los de siempre, comentar los de nunca y entenderlo ni yo.
Memorias.
lunes, 26 de octubre de 2009
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